¿Tiene la autonomía personal fecha de caducidad?

Vivimos en una sociedad en la que la esperanza de vida aumenta sin cesar. A veces nos preguntamos si esto es siempre una ventaja o, en ocasiones, los ancianos quedan atrapados en situaciones difíciles de fragilidad, no sólo física, sino también intelectual, emocional y en muchos casos social. Poniéndonos en el mejor de los casos, incluso una persona que llegue a una edad avanzada en aceptables condiciones físicas y mentales, lo más probable es que ya no sea capaz de vivir sola y dependa de sus cuidadores. Esta situación de dependencia es difícil para todos, para las personas que cuidan y para las que son cuidadas y una de las muchas dificultades estriba en tener claro quién debe tomar las decisiones que afectan a la persona dependiente.

Nuestras leyes otorgan la mayoría de edad para temas de salud a los 16 años. A partir de esta edad cualquier individuo competente tiene derecho a elegir lo que quiere para sí (aceptar o rechazar lo que el profesional le proponga) y a que todo aquél que le rodea -ya sea familiar o profesional- respete su decisión. Pese a ello, cualquier médico de cualquier ámbito se ha visto no pocas veces en situaciones similares a la que nos cuenta el médico de Lucas.


 

"Lucas tiene 90 años y es mi paciente desde hace décadas. Tiene una salud de hierro y una mente lúcida y despierta que asombra a todo el que le conoce. Viudo desde hace 20 años, vive con sus dos hijas solteras y últimamente, debido a su artrosis, utiliza una silla de ruedas cuando sale de casa.

Hace unos meses, Lucas empezó a sangrar por la orina y resultó tener piedras en la vejiga. Como no toleraba la sonda, el urólogo le explicó que podría operarle para quitarle las piedras, pero que precisaría anestesia general. Le dijo que se lo pensara.

Como tenemos una relación de tantos años, vinieron a consultarme. Hablamos de los riesgos de la anestesia y de los pros y contras de la intervención. Quedamos en vernos pasada una semana para hablar de lo que hubieran decidido.

Una semana más tarde, llegó Lucas a mi consulta y, con un gesto de determinación en la cara, me dijo: "Mira, lo tengo clarísimo: me opero. He vivido 90 años estupendos y si me quedo en la anestesia pues que me quede, pero yo no quiero seguir así porque es un tormento. Cada vez que siento necesidad de orinar, me dan sudores sólo de pensar en el calvario que me espera. Lo tengo decidido: me opero". En esto, intervino su hija: "¡Pero papá!, ya te hemos dicho que no, que lo hemos hablado tus dos hijas y que es una barbaridad que te operen con 90 años, o sea que no insistas porque está decidido".

Y antes de que pudiera reaccionar, su hija dio media vuelta a la silla de ruedas y salió con Lucas a toda prisa de la consulta, dejándome con la palabra en la boca.

Y es que a partir de cierta edad, que puede rondar los 70-80 años, los hijos tienden a arrebatar la autonomía a sus progenitores. En muchos casos por un cariño sobre-protector, por miedo a perderlos, por considerarlos frágiles en extremo; en otros porque los hijos creen que pueden decidir por ellos, por el hecho de tenerlos a su cargo. A esto es a lo que yo llamo "filiopotestad". Como ocurre en la patria potestad, prima la máxima de "yo cuido, yo decido".

Hace algunas décadas, la relación médico-paciente se basaba en la clara separación de roles: el médico tomaba todas las decisiones, asumía toda la responsabilidad y el paciente se limitaba a seguir sus indicaciones. El médico encarnaba el papel de padre protector y el paciente el de hijo obediente. En la relación clínica actual, ambas partes dialogan para buscar la mejor alternativa para cada persona concreta y así, la relación se basa en el reconocimiento mutuo a la libertad y dignidad del otro.

La relación clínica actual es dialogada; se basa en el reconocimiento mutuo a la libertad y dignidad del otro

Este paso de gigante que ha puesto patas arriba la relación médico paciente, todavía no ha impregnado a algunas familias que continúan decidiendo "lo que le conviene al abuelo", sin contar con su parecer. El arraigado sentido de la familia como clan tiene aspectos enormemente positivos -todos se apoyan-, pero también connotaciones negativas, como la de no respetar adecuadamente el derecho del afectado a tomar sus propias decisiones.

La nueva Ley de Dependencia pretende aliviar la tarea impagable de tantas personas -sobre todo mujeres- que se desviven por cuidar lo mejor que pueden y saben a sus mayores, renunciando no pocas veces a sus proyectos personales. No obstante, en esta reflexión destinada a rescatar en lo posible la autonomía personal de los ancianos, podríamos concluir diciendo que la familia, a pesar de su cariño y dedicación, sólo podrá intervenir en las decisiones que afecten al paciente, si éste así lo quiere, pero nunca deberá suplantarlo porque le estaría negando su derecho a decidir qué es lo mejor para él.

Marga Iraburu Elizondo, Coordinadora de Historia Clínica Informatizada del Hospital Virgen del Camino de Pamplona, y  miembro de su Comité de Ética Asistencial.
Su libro Con Voz Propia. Decisiones que podemos tomar ante la enfermedad (Alianza, Madrid, 2005) en un tono sencillo y ameno logra provocar en el lector la reflexión sobre cómo le gustaría afrontar las decisiones que inevitablemente tendrá que tomar ante la enfermedad