Senectud, divino tesoro

Detener el tiempo, alargar la vida, es un antiguo sueño del hombre. Nuestra vida está inmersa en nuestro propio tiempo, que se consume con ella. "Morir no es perder la vida: morir es perder el tiempo", escribió el poeta José Bergamín. Sólo a veces somos conscientes de la dimensión real del tiempo transcurrido a través de los cambios que se producen a nuestro alrededor y en nosotros mismos.

Nuestro avance por la vida tiene algo de conquista, de logro, pero también de derrota, de pérdida irremediable. Quién pudiera detener el instante, como pedía el Fausto de Goethe; aunque a la postre, más que con las singulares aventuras fáusticas, nos identificaríamos con las de Ulises, que renuncia a la inmortalidad que le ofrece la divina Calipso por su propia vida, finita y mortal, junto a Penélope.

Más allá o más acá de nuestros sueños, la vida humana individual es una realidad biológica condicionada por los caracteres seleccionados a lo largo de la evolución de nuestra especie. Somos metazoos, vertebrados, mamíferos y primates del género Homo y la especie sapiens. Los seres vivos podemos ser más o menos longevos, pero no los hay inmortales. Cada especie animal tiene una longevidad determinada, aunque existe, como en cualquier otro carácter específico, una variabilidad individual que permite acceder a sus bases fisiológicas, sean estas genéticas o ambientales.

Lo notable es que distintas especies del mismo grupo animal, que han evolucionado a partir de un antecesor común, muestren longevidades muy distintas. Así ocurre en algunos grupos taxonómicos de peces, donde algunas especies viven de 8 a 10 años, mientras que otras tienen una supervivencia de más de 150 años. También, entre los primates superiores, la esperanza de vida máxima del ser humano es de unos 110 años, el doble de la de nuestro "pariente" evolutivo más próximo, el chimpancé (aproximadamente 59 años). En grupos de peces y de aves se ha encontrado una relación inversa entre la longevidad y el tamaño del genoma.

Intentar entender la duración de la vida individual como un rasgo que ha sido seleccionado en una especie por presión adaptativa plantea una serie de problemas fascinantes que en este momento conforman todo un esquema teórico. El origen y la conservación de un gen o un conjunto de genes en una especie por selección natural darwiniana se produce porque esos genes confieren a los individuos que los portan ventaja selectiva en unas condiciones, en un ambiente determinado. Dichos individuos tienen una mayor probabilidad de dejar descendencia, y sus descendientes conservarán en gran medida esos mismos genes. Las características moleculares, fisiológicas o morfológicas que resultan de la expresión de los genes así seleccionados son por ello adaptativas al medio en que se ha producido la selección. Sin embargo, en seres vivos moderadamente longevos, como los primates, la función reproductora se concentra en la primera mitad de la vida, mientras que la vida restante, postreproductora, no tiene posibilidad de dejar su marca en la evolución de la especie. Los caracteres que están sometidos a presión selectiva, adaptativa, son sólo aquellos que se expresan antes del final del periodo reproductivo, y pueden influir en un mayor o menor éxito reproductivo.

Distintas especies del mismo grupo animal, evolucionadas desde un antecesor común, muestren longevidades distintas.

Se ha definido el envejecimiento como un declinar de las funciones fisiológicas con la edad que conduce a una disminución de la reproducción y a un aumento de la mortalidad. ¿Pueden existir genes del envejecimiento o genes de la longevidad? La existencia de estos genes desafiaría a la teoría de la evolución por selección natural.

Sin embargo, tanto en el hombre como en los animales de experimentación más comunes (la mosca Drosophila, el gusano Caenorhabditis y el ratón) la longevidad de los individuos de la misma especie puede variar, y en cierta medida esta variación se asocia a la expresión de determinados genes. Existen, pues, genes que afectan a la longevidad. ¿Cómo han sido seleccionados, entonces? La explicación de este hecho aparentemente anómalo está en lo que se denomina efecto pleiotrópico (teoría pleiotrópica), por el que un mismo gen puede afectar a la expresión de distintos caracteres, o puede producir distintos efectos en diferentes etapas de la vida. Un gen puede haberse seleccionado por su efecto ventajoso durante el periodo reproductivo y, sin embargo, tener un efecto negativo para la supervivencia en la segunda fase de la vida. No se ejercerá presión selectiva para eliminarlo. Una vez cumplida la función reproductora, en la que se aplica la presión selectiva, el ser vivo, por decir así, ya no cuenta a efectos evolutivos (teoría del soma desechable).

Un buen ejemplo de lo anterior lo constituye la actividad proinflamatoria en el ser humano y sus bases moleculares. Una elevada actividad proinflamatoria durante el periodo reproductivo confiere a los individuos que la poseen una mayor capacidad relativa de enfrentarse a infecciones potencialmente letales, y por ello a una mayor probabilidad de éxito reproductivo. Sin embargo, el mantenimiento prolongado de ese mismo nivel de actividad proinflamatoria se asocia a las principales enfermedades degenerativas asociadas a la edad (cáncer, enfermedades cardiovasculares y neurodegenerativas). Una mayor expresión de factores que elevan la actividad inflamatoria (p.ej., TNF ) se asocia en el hombre a una menor supervivencia, mientras que la sobreexpresión de factores que la disminuyen (p. ej., interleuquina 10) se asocia a una mayor longevidad. Eso es precisamente el envejecimiento (aunque algunos autores piensen que no existe ningún proceso unitario que pueda designarse con ese término: la acumulación, con la edad, de daños moleculares y celulares para los que el organismo (la evolución biológica) no ha desarrollado mecanismos defensivos suficientes. De hecho, el daño es principalmente metabólico (radicales libres, stress oxidativo), y el organismo sí dispone de sus propios antioxidantes, pero no han sido diseñados (seleccionados) para prevenir totalmente el daño. La acumulación de pequeñas lesiones aumenta progresivamente la fragilidad y vulnerabilidad del organismo, y el riesgo de enfermedad y muerte.

Aún contando con la variación individual, ¿existe una longevidad propia del ser humano? Los datos de esperanza de vida no nos ofrecen una imagen ideal, ni mucho menos estática, sino más bien una perspectiva histórica. Desde mediados del s. XIX hasta el momento actual la esperanza de vida media de las mujeres ha pasado en el mundo desarrollado desde 45 hasta más de 80 años, lo que corresponde a un incremento de 2,3 años por década. En los varones también se ha observado un aumento de la esperanza de vida, aunque más lento, y con una diferencia con las mujeres que ha ido creciendo con el tiempo, y que en el momento actual es de 6 años. Por primera vez en 2006, en la mayoría de los países del mundo, incluidos muchos países subdesarrollados, la esperanza de vida de las mujeres era superior a la de los varones. Por otra parte, no sabemos cuál podría ser el límite de longevidad del ser humano. En muchos animales de laboratorio, el proceso de envejecimiento puede ralentizarse tanto como para aumentar la longevidad en un 30-40%. En los países desarrollados el crecimiento de la esperanza de vida de las mujeres desde 1850 representa una línea recta que por el momento no parece tender a un máximo definido. A juzgar por el ejemplo de Japón, que ostenta actualmente la mayor esperanza de vida del planeta y ha sufrido también la mayor tasa de aumento a partir de 1900, las causas del incremento regular de la longevidad están en relación con la mejora de las condiciones de vida, sociales y económicas a partir de la Revolución Industrial.
Mientras se pensaba, hace años, que existía un máximo real para la prolongación de la vida humana, se consideraba que la mejora progresiva de las condiciones sanitarias llevaría a una "compresión" de los problemas graves de salud hacia la década final de la vida. Sin embargo, lo que se está observando es un constante aumento de la longevidad y una dilatación del periodo final de la vida con enfermedades graves o invalidantes. El 50% de las personas de más de 85 años sufre una demencia, y esta cifra llega al 70% en personas por encima de los 100 años. Para los investigadores en este campo, el problema no está, pues, en encontrar mecanismos o procedimientos para aumentar la esperanza de vida, sin más, sino la esperanza de vida sana, esto es, el envejecimiento sano.

La evolución biológica nos ha dejado sin suficiente protección para un periodo de vida tan prolongado, lo que conduce a las enfermedades más prevalentes asociadas a la edad, pero a la vez sin límites impuestos por los programas de desarrollo del organismo humano. Muchos investigadores están proclamando en los últimos años que es el momento de dedicar grandes recursos a la investigación de los procesos moleculares y celulares que protegen de forma natural a los distintos tejidos del daño asociado a la edad, para modularlos y extenderlos a periodos de vida cada vez más prolongados.

La Aurora se enamoró del bello Titono, hermano de Príamo, rey de Troya. Después de raptarlo, para poder estar siempre con él le pidió a Zeus que le hiciera inmortal. Zeus, con una ligera sonrisa, se lo concedió: "De acuerdo, le concedo la inmortalidad". Titono no murió nunca, pero pasados los años se fue convirtiendo en un espectro arrugado que parecía un insecto, incapaz de hablar, de moverse o de alimentarse. Si se nos ha concedido, no la inmortalidad, pero sí una creciente longevidad, de nosotros depende convertir la vejez, no en una amenaza, sino en un tesoro.

Alberto Rábano, es Jefe de Neuropatología de la Fundación Alcorcón de Madrid.